Combinan trabajo y escuela en cafetal; pese a la pandemia no pierden la alegría

XALAPA.

Entre el corte de café, el acarreo de leña y la limpia de la parcela para la siembra, los niños de Bax-tla, comunidad de Teocelo, luchan por aprender a leer, por cursar el preescolar, la primaria o la secundaria. Algunos ya se ven a futuro como policías, como hackers o veterinarias, otros temen crecer.

Baxtla está enclavada en las estribaciones del parque nacional Cofre de Perote. La región es rica en cafetales, plantaciones de plátano, maíz y cítricos. La lejanía con ciudades más grandes había mantenido a la población, de poco más de 600 habitantes, sin usar de manera frecuente herramientas de comunicación como el teléfono celular, que en el último año se vieron obligados a comprar por el nuevo sistema escolar emergente.

Algunos padres y madres de familia, con 100 pesos a la quincena mantienen una línea telefónica con internet. Esa inversión les permite tener comunicación con sus maestros. Es muy difícil conectarse por el costo, “si gastamos más, si ven videos, no alcanza”, refiere Giovana Valdivia, una madre de familia.

El esposo de Giovana es jornalero y es de los pocos que tiene un salario fijo. Eso les ha permitido que sus dos hijas, la pequeña Itzia, de 6 años, y una adolescente sigan sus estudios por mensajería.

La pandemia no permitió que Itzia terminara con su educación preescolar. La sorprendió a mitad del tercer año. La pequeña escuela de la comunidad fue cerrada. El primer año ha sido complejo, pero a estas alturas Itzia ya aprendió a leer, gracias a que su mamá orientó su aprendizaje. “Me convertí en maestra”, ríe nerviosa.

Giovana truncó sus estudios. Terminó la secundaria y esa escolaridad le permitió empujar a sus hijas a que siguieran estudiando este último año, reconoce que con tropiezos, pero le ayuda el que su hija mayor esté en la secundaria y entre ambas apoyan a la más pequeña.

El trabajo escolar, Itzia lo ha combinado con el trabajo de casa. En los días de corte de café, la pequeña acude y se gana su dinero que sirve, entre otras cosas, para que se compre golosinas, su debilidad son los elotes y esquites, asegura entre risas.

—¿Cuántos kilos juntas?

—Pues una bolsa… 19 (kilos) en otra 10…no siempre es igual.

La diversión de Itzia es leer, ahora que puede, pues descubre su aprendizaje y ve sus libros. También le gusta salir al campo. Desearía ver más videos en el teléfono: “A veces me gana y se pone a ver a Pepa Pig”, dice su madre, pero no siempre lo puede hacer, porque les generaría más gastos y no alcanzaría para sus clases.

Itzia todavía no sabe qué quiere ser cuando sea grande, pues dice que más bien no quiere crecer.

“QUIERO SER HACKER BUENO”

Algunos pequeños tienen la inquietud de tener una profesión u oficio. Abraham Morales, de 8 años, aspira a ser policía. Su amigo Arturo, tres años mayor que él, lo observa y se ríe, “pero tienes que perseguir a los empistolados y no corres”, Abraham lo observa con su rostro retraído.

“El sueña mucho, imagina mucho”, dice su hermana Esmeralda, una quinceañera preparatoriana.

Arturo es más despierto, pero no menos soñador: después de mucho pensar para poder explicar qué es lo que quiere ser cuando sea grande, admite que le interesaría ser hacker, “pero…pues algo así como un hacker bueno, que ayude”, sus amigos lo escuchan y ríen porque para ellos, la interpretación de este término es totalmente lo contrario. Son niños que, a pesar de las carencias, han tenido cercanía con la tecnología.

“Cuando no alcanza para ponerle al teléfono, podemos ir al internet que está allá arriba”, dice Esmeralda. Asegura que ahí llegan niños y adolescentes que buscan obtener más información sobre las tareas que les encargan sus maestras y maestros, con quienes no han podido tener contacto, más que por mensajes breves y cargados de instrucciones.

Arturo y Abraham juegan, corren, aprenden entre grados, pero sus actividades fuera del estudio y los juegos se remiten al apoyo familiar: van a recoger leña, que es con lo que en su gran mayoría cocinan los pobladores. Se van temprano a recuperar los troncos, hacen sus atados, los llevan a su casa y tienen tiempo para ir a echarle un ojo a la parcela, porque hay que ir quitando la yerba que crece entre la siembra de maíz y frijol.

“Este año vamos a sembrar limones, ya tenemos naranjas”, comenta Arturo, quien asegura que han descendido barrancas para ir por los troncos que les regalan para encender la estufa por las mañanas. Por la tarde usan gas para más rapidez.

Baxtla es un punto de reunión de las rancherías más apartadas, donde ni la tecnología llega. Si para los pequeños de esta comunidad es un logro poder invertir en megas para sus teléfonos, los pequeños de las zonas más apartadas no pudieron entrar al sistema de mensajería y poder recuperar así sus tareas.

Además, no todos los niños socializan. Mientras que Arturo y Abraham tienen la suerte de ser vecinos, otros niños permanecen prácticamente en el ostracismo y sólo conviven con gente mayor, como en el caso de Itzia, quien esporádicamente puede jugar con su primo. Ellos no entienden qué pasó con la pandemia, los mayores no se los han explicado porque consideran que no hace falta; por la lejanía se consideran a salvo, pues pocas personas visitan la región en estos días.

Hay niños que por ese motivo se han dedicado a trabajar y llegan a Coatepec o a Xalapa a vender hortalizas, que cosechan con sus padres. “Esperamos a que pase esto que dicen que por eso no podemos estar en la escuela”, comentó Honorio, quien siguió de largo, jalando a su pequeña hermana, rehuyendo a la cámara. Ambos sólo esperaban llegar a vender y a esperar mejores tiempos.

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